Me he puesto a meditar sobre la extraña muerte del Doce ocurrida ya hace un tiempo. El crimen del Doce debería decir. Ni bien me enteré la noticia no impactó en mi como de ha poco lo esta haciendo en este tiempo. En ese momento, el Doce ya me parecía un tipo lejano a mi órbita, hacía años que no hablaba con el, entonces su triste final no llegó conmoverme. Una mañana lluviosa buscando cosas en Internet me topé con la noticia. La dejé pasar y sentí que pasaba. Que se perdía en esa cápsula invisible donde se retienen los pesares para que algún día inexorablemente exploten. Debí intuir ya desde ese momento el espectro de oscuridades que traía en su formato de laúd alado. Muerto a puñaladas, el pobre Doce. Un tipo tan tierno como el descosido por la mano de un enfermo. Camino por la sombra de los liquidambar, el ritmo de mis zapatillas sobre las hojas secas le brinda una música especial a esta evocativa desazón. El Doce entre la gente sirviendo sus buñuelitos, los auténticos redonditos de ricota como anotan en cada una de las aproximaciones historicas que emprenden sobre la banda. Era un ser por demás de querible el Docente. Sombras de su figura gorda y grandota todavía parecen reflejarse en las paredes de los tugurios donde supimos tocar. El eco de su voz de enfermera comenzando a forjar uno de los hitos mayores de los inicios de la leyenda me llega bajando de los árboles de la memoria. Como evocar a los queridos muertos. Como ser fieles a ese afecto que nos supimos tener y que aunque de algún modo haya desaparecido en estas instancias obituarias vuelve a resurgir como dulces llamas del corazón. Se me mezcla el Doce disfrazado de cocinero, correteando a Rosso y al Mufercho sobre el escenario mientras intentamos versionar por segunda vez aquella versión prehistórica de Ladrón de mi cerebro en el infame reducto de La Cotorra, vienen a mi mente las psicodelicas puestas de esos años, El Doce imitando a un remozado Lorca mientras le ofrece el culo a Symns. Una hermosa locura que supimos compartir que ahora tiene el ingrediente luctuoso de su cuerpo viejo cubierto de sangre, agujereado por la punta de un cuchillo, una y otra vez. En su estancia en la cárcel el docente supo hacer amistades peligrosas. Psicópatas irredimibles que tanto te podían dar un beso como achurarte a traición. No puedo decir que esto le fuera ajeno al bueno del Doce, pero se que no merecía un final así.
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