2009/07/08

Con pelados

Me sentí muy cómodo entre los Bersuit. Hace un par de meses que Gustavo Cordera me viene llamando para concretar un asado con ellos en El Cielito Records.
Debo reconocer que siempre fui un tipo difícil para hacer migas con los demás muchachos pertenecientes al circuito del rock local. Lito Vitale, Luca, Fito cuantos más? Así que me costó la decisión de hacerme unas cuadras y llegarme al nuevo bunker de la Bersuit.
Hacía tiempo que no me encontraba dentro de un clima tan jovial y festivo. Si bien la escena del lugar era lo que me esperaba -los chicos arrimados a la parrilla con sus permanentes vasos en la mano, cagándose de risa y cruzando opiniones sobre la cocción de los chorizos- me invadió un clamor juvenil que le hizo muy bien a mis huesos. Como no podía ser de otra manera a los pocos minutos estaba rogando que bajen un poco el volumen de la música cordobesa de cuarteto que estaban escuchando. Por suerte con Cordera y el otro peladito nos retiramos un poco del centro del quilombo y nos fuimos a sentar cerca de la pileta mientras se terminaba de asar la carne. Lo primero que hice fue felicitarlos por la adquisición del estudio, siempre me gustó, les dije.
Cordera de entrecasa no es el pelado explosivo que salta de una punta a la otra del escenario. No transpira su pijama, no por ahora. Lo noto grave con la misma pesadez en el alma que conllevan todas las personas de hígado atrabiliario. Siento que de todos los modos posibles intenta ser excesivamente cortés conmigo. Por lo tanto trato de desestructurarlo de su posición dando muestras de ciertas jococidad. Subirá ríe de forma incomprensible ante mi salva de chascarrillos “sólo para rockers”. Por fin la charla entra en el cauce que todos queremos. De a poco nos vamos sacando las pieles de músicos exitosos, exculpándonos entre risas de “semejante pecado”. Es ridículo pero imprescindible. Tanto Cordera como yo nos cuidamos con la bebida, cada vez le echamos más soda al Martini, haciéndolo más y más acuoso. El otro peladito sin embargo carga a cada rato su vaso con el petróleo inteligente del Fernet Branca.
Si bien le llevo más de quince años a Gustavo su carrera de excesos hace que hablemos casi de igual a igual en esto de las averías y cuidados. Los dos somos conscientes de haber hecho capote en el rubro alcoholes, no especificamos, pero estamos de acuerdo que una vez que las bodegas interiores se rebalsan, hay que manejar las ansiedades y los desplazamientos del ser con otros placebos menos corrosivos.
Se ríe Cordera, su rostro poceado de bohemio alcohólico pero con el acelere de los noventa, es muy particular. Subirá escucha, ajeno, como si no estuviera el mismo a punto de involucrarse en el club de las aves cascoteadas. Es lógico que piense que aún le restan varios años.
Vienen los elogios para los Redondos. Primero Cordera revelándose fans de “Aquella solitaria vaca cubana” y después Subirá definiéndose como un admirador absoluto de Oktubre. Que disco, que disco, dice con verdadera exaltación de ensoñación tanguera.
Casi de rigor cito el tema de Cazuza y la Murguita del Sur y hablo de la riqueza literaria de las composiciones. Los pibes cerca de la parrilla gritan que quiere escuchar el Indio. Sin pensarlo les grito- Jaime Ross y enseguida se enciende la voz del uruguayo cantando Durazno y Convención. Caminamos por el parque aproximándonos al quincho. Les cuento varias anécdotas sobre la grabación de Bang Bang. Mientras hablo todavía me parece ver el rostro extraviado de Gustavo Gauvry tratando de interpretar lo que yo lo pedía en ese momento. Nos sentamos en la mesa y observé como algunos de los demás muchachos me miraban como a un ser, diría, ficcional. Alguien que no pertenece por entero a la realidad. Eso es lo que sentí. Me miraban dos o tres veces hasta que por fin al escuchar mi voz, al ver que ingería pan como cualquiera mientras espero el asado, cayeron en la cuenta de que soy de carne y hueso. Esto hace que me ponga más extrovertido, intento que se revelen lo más pronto posible mis rasgos más plenamente populares. Los azuzo con que no se les vaya la mano con el ají kitucho en el chimichurri, que el viejito se anda cuidando de los intestinos. Me separo un poco de Cordera y me arrimo al resto de los chicos. Juntos miramos y opinamos sobre la descomunal cantidad de CDs medio artesanales de murga uruguaya que tienen sobre la mesada contigua a la parrilla. Se sorprenden de que yo también sea un admirador de ese tipo de música. Buscan y ponen lo que ellos suponen que no conozco.
Alguno de los chicos me empiezan a pedir autógrafos para sus hermanos.
Me siento bien aunque un poco aturdido por el vocinglerío. Extraño a Bruno.

2 comentarios:

marianito dijo...

muy buena anecdota lastima que cordera es boludo no se merece comer un asado con el indio , aguanten los reodondos el lobo y nada mas

Los cuervos de Odín dijo...

Le recuerdo que, una noche en el britanico, un tal Cordera casi asesina a un tal Solari acuchillando su futuro.
Según cuenta la leyenda un tal Symns comandó la operación, cual autor intelectual del chengue chengue.