2009/03/06

Patinódromo

Hay algo más sobrecogedor que el mar agitándose en la oscuridad de la noche. Esas poderosas olas, esas incontables toneladas de agua salvaje debatiéndose en la soledad azul del océano, esa inercia energética que arrastra agua y más agua contra las playas, para luego en un estrépito espumante volver al centro del mar, como quien vuelve cíclicamente a las bondades un hogar conocido pero a la vez, siempre inhóspito.
La habitación del hotel da al mar, tengo toda la noche para despojarme de las aceleraciones del corazón, para que poco a poco se vayan retirando de mi cuerpo, como oleadas sanguíneas de fervor, se vayan retirando al océano de fuego a donde verdaderamente pertenecen, al inabarcable corazón de las bandas.
Esta noche en el Patinódromo me saturé de emociones, ahora, karma inestimable de rocker, solo queda este cuero trepidante, esta memoria subyugada traficando una y otra vez imágenes sumamente poderosas, este palpitar que no me abandonara, lo sé, hasta bien entrado el día o hasta que el último mazazo de un wisky doble prematuramente me sepulte entre el epitelio de la sábanas.
Me siento junto a la ventana y el silencio de la noche es invadido por los cánticos incansables de las bandas que como un zumbido sumamente agradable permanece en el cuenco de mis oídos “es un sentimiento, no puedo parar” ¿Que significa “ser un sentimiento”?. Será este hormigueo en la piel propio de un orgasmo desesperado que no cesa y que te aprisiona hasta asfixiarte dulcemente. Quisiera que este cuerpo no sea mío o sea mío para siempre. Que este gabán de carne raída cubra mis huesos con la memoria siempre viva de las doce mil voces de esta noche.
Pierdo la mirada entre el difuso horizonte, que cuesta distinguir entre una gama extensa de azules y negros, de entre ese horizonte surgen los cuerpos erguidos, los músculos tensos de las bandas, las chicas en musculosa en la fría noche de marzo, los torsos desnudos de los pibes trepándose sobre sus propios cuellos para colgarse de mis canciones y descolgase sobre el magma humano ,otra vez, una vez más como si todo esto nunca terminara y se regenerara desde el misma materia con que esta hecha la pasión.
“Un ángel para tu soledad”, empieza a ser la canción que concebí. Noto como lentamente se ha ido convirtiendo en el himnito que es hoy. Desde la intro se nota como comienza a tener vida, a tener retorno. Le llamo retorno a la respuesta emotiva que encuentra en la gente, ese repiquetear de corazones que comienza a tallar como el instrumento más importante de la canción. Se siente toda esa energía viniendo de la gente, invadiendo el ambiente como una presencia plena de plasticidad y polenta.
El punto extático. El climax profundo de la noche en el Patinódromo. “Juguetes perdidos”. Satori. Un simún de vibraciones protoemotivas invadió el campo de punta a punta. Una suerte de crepitar de millones de bichos ante la inminencia de la tormenta antecedió a los primeros acordes del tema al igual que si miles de corazones se frotaran entre sí para activar la física de nuestra música. Muchas veces ese murmullo inicial, ese momento en que los pibes se dicen al oído el tema que va a venir, es de una inusitada fragancia sonora, como si una advertencia general dijera “ Estamos en la breve víspera de un gran banquete de los sentidos, man”. Siempre estuve muy atento a esto, en el abrupto comienzo de La Bestia Pop, donde es más difícil captarlo o en JIJIJI donde la inconfundible introducción marcada por el Ey! Ey! de la gente y el mío propio hacen más notorio este tipo de rumoreo espectante.
Ahora es el turno de “Juguetes perdidos”, el nuevo himno que ya adoptaron las bandas, que de entre los caminos enredados de mi inspiración ha dejado escapar Patricio Rey, ese tunante magníficamente inasible. En el Patinódromo los primeros acordes de Skay sembraron el delirio. Yo me fui acercando al micrófono como un sacerdote a punto de practicar una misa de placer, afectividad y reivindicaciones. Sentí como nunca una intensa sequedad en la garganta, pero no era momento del agua o del wisky, era el tiempo de afrontar los mágicos vendavales de la música rock.
Cerré los ojos, en verdad los entorné para mirar como a través de un velo de sueño ese mar de cabecitas que iban a comenzar a segregar húmeda adrenalina cuando las cuerdas de mi voz se tensaran como un arco y se dispararan las palabras como flechas incendiarias. Me concentré en el ronroneo duro de la primera estrofa, tratando de que la piel de gallina del ambiente no me quiebre. Cuando levante un poco más la cabeza del micrófono fui consciente del espectáculo increíble que mi campo visual me brindaba. Vi todas las banderas, todas las telas con sus inscripciones ofrecidas a la banda, las vi cruzarse con prolijidad sobre sus cabezas, llenas de brazos sosteniéndolas. Skay parecía con su guitarra darle más solemnidad a la marcha, lo miré y lo vi con la vista fija puesta en el encordado, apenas se atrevía a mirar adelante. Entre las banderas divise fuegos rojos y verdes de bengalas, miles de encendedores que componían un rostro de mil ojos de fuego. Los alaridos finales fueron una buena descarga.
“...Por primera vez vas a robar algo más que puta guita...” significaba realmente algo.

El Mono es Steve Wonder

Rocambole le dijo a Skay que el arte de Luzbelito nos iba a volar el mate. Este no pudo más y le insistió tanto al Mono en ver algo de lo que estaba haciendo que se tomaron un taxi hasta el taller de Rocambole para ver más o menos de que se trataba la cosa. Dentro del auto el Mono lo iba despistando con datos cada vez más complicados.
Dice Skay que en la cerrada penumbra del taller, el Mono, susurraba, ahí está, ahí está. Skay miraba en la oscuridad y no veía nada. Ahí querido Eduardo- le señaló una mesa donde se erigía un busto. Skay no entendía nada. Me contó que solo veía el busto envuelto en la semioscuridad, por un instante me confesó creyó ver mi rostro, por fin convertido en bronce, bromeó. Claro vi esa cabeza pelada como sacando pecho y dije-el Indio!. Hasta que el Mono se digno en encender la luz y recién ahí vía al mono relojero, el gorila jibarizado o lo que sea que nuestro artista haya querido representar. Lo miraba y le preguntaba de que forma ese muñeco iba a quedar plasmado en la tapa de un CD. Cuando me mostró las fotos me entre a cagar de risas, el Luzbelito de Rocambole parecía Steve Wonder. Para las fotos le había calzado unas gafas negras que lo hacían parecer demasiado al cantante ciego. Le pregunté que más iba a tener la tapa. Nada, el mono ese con un enmarcado de tela marmolada como los discos de música clásica. Traté de asimilar el relato de Skay, traté de que todo lo que me contaba se procese en mi cabeza para obtener una imagen cabal de lo que será la tapa de Luzbelito. Me imaginaba al monito relojero que me describía Skay y no podía sacarme de la cabeza la cara del gorilita del Donkey Kong. Entramos para tomarnos unos tragos mientras iba pensando en telefonear al Mono para que ahora mismo me lleve a mí al taller. El Mono sabe lo que hace- pensaba – cuando Skay interrumpió su sorbo de Chivas para exclamar- y me olvide!!...el mono tiene una vela encendida en el marote. Los dos nos reíamos como chicos. El hijo de puta del Mono de autorretrató dije. Se autoesculpió corrigió Skay.

Luzbelito se viste en Dolce & Gabbana

Entre hoy y mañana llegará Mario desde Fort Lauderle con la mezcla y remasterización de Luzbelito. Me imagino a Breuer caminando por las calles de Florida con el registro de mi voz y de la guitarra de Skay bajo el brazo. Entrando y saliendo del New River, tratando de que el disco quede lo mejor posible. Ya escuche el disco un millón de veces pero el toque que le dan los yanquis siempre aporta algo nuevo. En la remasterización de “Lobo suelto/Cordero atado” note como los tipos pulen las piezas sonora hasta que esta cobra su mejor brillo. Esta es la gran tarea que hacen. También hay que estar atento y tener cuidado porque si no los controlas un poco te formatean los temas a su gusto. Nos pasó con El Ferry, le dieron tantas vueltas lo trataron de acomodar tanto que la canción perdió buena parte de su encanto. Esta vez le dije a Mario que esté atento a todo, quiero que en la mezcla solo se gane potencia, polenta, que no le metan luz a ninguna zona meandrosa, que no standaricen homologándolo con los ruiditos de moda, no eso no. Mario tiene bien en claro el matiz que pretendemos para Luzbelito. Así que me quedo un poco más tranquilo.
Me sirvo el wisky de la 18 horas, el segundo de la tarde, el de las 17 como un té célerico me arranca con velocidad de la modorra de la siesta, este tiene la propiedad de equilibrar ese viaje veloz que me encamina hacia los más impetuosos mares de la ansiedad. Me acomoda un poco los torrentes de adrenalina que segrega mi mente. La tensión por la espera del material hace que extienda la medida y me quedo pensando en lo loco que es terminar un disco argentino en los EEUU, que la tecnología del norte le de el punto justo a un disco de rocknrroll hecho para conmover precisamente a pibes de barrio de las esquinas de este profundo sur de América. Por momento tengo la sensación chambona de estar adulterando el producto. Es que los pibes sienten orgullo de que sus monstruos, sus preciados freaks, sean de acá, de acá a la vuelta. Pero es necesario, de última siempre terminan agradeciendo que uno gaste sus buenos dólares para que el disco suene como tiene que sonar. Siento que a esta altura sería irrespetuoso de nuestra parte entregar el material crudito como sale de El Pie. También tenemos el derecho, fuera de nuestras obsesiones de malacostumbrar su paladar musical.

Olavarría.La fecha inconcebible

Skay estaba en el lobby del Savoy cuando vio entrar a Pablo Baldini hecho una furia. Juntos tomaron el ascensor que los llevaba a mi habitación. El golpeteo nervioso en la puerta me hizo intuir que nada bueno estaría pasando. Por un momento imaginé que había muerto del Presidente del Club Estudiantes o que los chicos estaban entrando en masa al hotel, giladas de paranoico. Cuando Pablo tartamudeando de bronca me contó que hace unos minutos un tipo trajeado lo paró en la confitería de la esquina para darle la fotocopia con el decreto que prohibía nuestro show sentí que mi cabeza estaba a punto de estallar, a punto de convertirse en fragmentos de esquirla craneana. Percibí una profunda presión en los ojos y una suerte de electricidad en la lengua capaz de producir millones de palabras por segundo. Por suerte, a lo largo de estos últimos años he aprendido a serenarme, me he enseñado a mi mismo modales que apagan un poco las llamaradas emocionales del tanito calentón que siempre fui. Por lo tanto solo esbocé una sonrisa nerviosa, le quité el papel a Pablo de las manos y dirigí la mirada a donde estaba incrustada la firma del decreto. Helios Eseverry, leí, intendente. Skay había perdido toda compostura y trazaba un interminable ocho en la habitación igual que una fiera recién enjaulada. Baldini me miraba como esperando que me calce la campera y que juntos, intempestivamente, salgamos a copar la municipalidad.
Desde el primer instante en que recibí la noticia supe que esta la habíamos perdido, que no había forma de volver atrás el decreto. Sin exaltación alguna, con la acerada frialdad de los criminales solo me imaginé la cabeza de Eseverry atravesada decena de veces por las plateadas balas de mi Magnum. Un leve desplegarse de la famosa pulsión de muerte.
Cuando estaba por interceptar con la mirada a Skay para tomar alguna decisión, Poli golpeó la puerta. Ya sabía lo del decreto. Nos servimos unos wiskys y Poli otra vez fue la voz más sensata. Lo único que nos atañe en este momento es proteger a los tres mil o cuatro mil pibes que ya andan dando vuelta por Olavaria, dijo. En lo único que tenemos que pensar es qué vamos a hacer para que se vayan tranquilos a su casa después de tantos kilómetros y kilómetros para venir a vernos? ¿Cómo vamos frenar su comprensible ira?

Ya no quiero escuchar lo que a Pablo le dijeron en la Municipalidad, ahora soy todo enojo, todo nitroglicerina a punto de explotar. El Savoy, mi habitación en el Savoy, se ha convertido en el reducto que enjaula mis oscuras convulsiones de odio. Nunca pensé que esto podía suceder, no en estos años. Ni en los negros años de la dictadura fuimos presa de algo así. El boludeo burocrático que intentan ofrecer como motivo de la suspensión me exaspera de mala manera. Ese señor Eseverry de que galaxia obtusa bajo?. Intento no darme más manija, pero es difícil sobrellevar este maremoto de indignación. Tiene razón Poli de que ahora en más debemos emplear todas nuestras energías y toda nuestra lucidez para impedir que los pibes, por ejemplo, quemen la municipalidad. No quiero ver más presos ni muchos menos heridos. La Negra recorrió a pie las arterias principales de Olavarría para intentar poner paños fríos al inminente alboroto. La mayoría de los medios ya se ha hecho eco de la prohibición. Skay me contó que mientras se bañaba escucho a María Elena Walsh???!!! hablando sobre el caso. Jorge Guinzburg también salió a decir lo suyo y según leo en el diario todos los partidos políticos salen a notarse un poroto con la juventud condenando la medida del intendente.
Poli llega al Savoy y me comenta la indignación de los chicos. Algunas esquinas se han transformado en barricada. Gomas encendidas, mucho tetrabrick y cánticos como para una gran batalla. Para colmo, dice Poli, cada vez llegan más.
Por la noche después de varias llamadas telefónicas que los conserjes del hotel no saben ya a quien pasarle, nos reunimos en la habitación de Poli a deliberar. Los llamados en general son de gente de ciudades vecinas que nos ofrecen sus clubes para que toquemos allí. Hacemos breves cálculos con Pablo y no damos cuenta de que es imposible un traslado inmediato de todos los equipos. Los inconvenientes tanto en ese como en otros aspectos son insuperables. Debemos enfriarnos, enfriar el ambiente y pensar bien que vamos a hacer.
Le digo a Poli, y me siento muy raro al hacerlo, que hable con algún medio más o menos importante para una conferencia de prensa en el hotel.

Todo esta dispuesto en el lobby del hotel para la conferencia de prensa. Todos miramos de frente como acomodan un mantel sobre la mesa y ajustan los micrófonos. Que esta vez no servirán para cantar sino para escupir misiles, usar el remo de la boca, para intentar poner las cosas en su lugar. Un ajuste de cuentas. Semilla tiene un cartón de Marlboro en sus manos, le saco dos atados, uno me lo guardo en la mano y otro en el bolsillo. Hablar es fumar. Fumar es hablar. Semilla me dice que sería conveniente que solo nos sentemos a la mesa Skay y yo. No- vamos a sentarnos todos, le digo. Toda la banda. Los camarógrafos de Crónica TV son los primeros que se acomodan en la zona destinada a los periodistas. El iluminador habla con Poli preguntándole si la luz está bien o nos molesta. Esto me hace pensar que de alguna forma daremos un show en Olavarría. Poli ordena una vuelta de Chivas para los periodistas. Alguien le comenta a Skay que el revuelo en Buenos Aires es infernal. Todos hablan de la prohibición. Hemos logrado convertir a Eseverri en un inquisidor medieval. Mientras todos se acomodan y esperan la hora de la conferencia, vuelvo a la habitación a relajarme un poco. Cuando subo las escaleras veo a las bandas aguantando todavía el frío de Olavarría, con la ñata contra el vidrio del Savoy. Me gustaría estar con ellos y no explicando los caprichos de un troglodita para la televisión.

No me sentí inhibido para nada frente las cámaras. Refrené todo el nerviosismo de que era presa a pura retórica. Durante la cena nos relajamos, la noticia de que la mayoría de los chicos ya se habían ido de Olavarría nos tranquilizó más y llegó el momento de las bromas. El turro de Eseverri no nos va a dar más de su puto pastel de tensiones. El primero en caer en la voleada de las jodas fue Semilla. Pablo y el Soldado le decían que daba bien su imagen para galán recio, que esté atento al teléfono porque en cualquier momento lo llamaba Migré para protagonizar una novela. “Los amores incestuosos de Semilla Bucciarelli”. Luego me tocó el turno a mí.

Los rumores de la bestia

Lo veo a Skay más iluminado que nunca. Un torrente de destello se vacía desde su cabeza a sus pies. Siento a cada instante el eco de sus vibraciones como ramalazos de genialidad musical que confluyen en el encordado de su guitarra. Muchas veces me he preguntado en el nicho ardiente de mis desvelos si los Redonditos, si Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota hubiesen sido posibles sin el bueno de Skay Beilinson al comando de la primera ametralladora de magia de esta orquesta antibalas. Me cuesta nada imaginar un puesta sin él. Me subo al escenario miro hacia los costados y pruebo mentalmente a otros violeros, algunos quizás más dotados técnicamente (no muchos) y no logro por nada del mundo que encajen en la maquinaria decisiva que finalmente hemos compuesto. Definitivamente no hubiese sido posible construir con alguien que no fuese Skay esta catedral de contextura bizarra y a la vez de tramado heroico, que son los Redondos. Si bien mis ladridos de cancerbero y mis letras encriptadas son la marca, el sello más particular que la banda a adquirido a través del tiempo, no puedo negar, aunque quisiera, que la locomotividad expresiva del sonido que ha recreado Skay con su encordado, su brillo inigualable de Hendrix rioplatense, su carisma y su estampa irremplazable sobre el escenario conforman la otra columna donde de asienta la esfinge de Patricio rey.
Ayer – preso de una nueva urgencia creadora- invertimos un poco el sistema compositivo que veníamos empleando con éxito durante los últimos años. Sin decir agua va, le arrojé la granada picante de un texto bastante largo, una suerte de cuento fabuloso, lejano en el estilo y la concepción a los que he venido escribiendo para el Delito Americano. Quería ver que le sugería, en primera intención. Le dije, sin más, sin imponerle tiempos y sin condicionarlo bajo ningún otro cepo que el de la propia literatura, que quería la banda de sonido para esa película. Así lo denominé. Como pasaron varios ensayos sin que traiga nada, pensé que había desistido de tal operación. En ningún momento le recordé la situación creyendo que lo volvería a poner en un aprieto pero esta tarde en la sala de ensayos apareció con la cosa en sus manos. Me volví loco y una ansiedad voraz comenzó a cortajearme con su estilete de nervios. Con la forma de un cassette transparente, etiquetado con fibra negra bajo la denominación de –La velocidad del diablo. Anhelo y perdición- me entregó el encargue.
Recordaba mi texto casi de memoria y estaba seguro que no eran mías las palabras escritas con fibra negra sobre el cassette. Esta forma de darle sus propios nombres a las canciones son mensajes cifrados de Skay, delicadezas ponzoñosas que suele tener para conmigo y para con el espíritu de la banda, el eco de un diálogo poético que suele entablar no solo desde lo musical sino también que trasciende al orbe misterioso de la lírica. Así que me quedé en un rincón de la sala con los auriculares puestos escuchando una y otra vez la obrita de Skay mientras los demás chicos intentaban darle algunos toques de color a la remozada versión del Blues de la libertad. En la segunda escucha advertí la presencia de un overdriver o bien de otro instrumento pregrabado sobre la guitarra. Inmensas gotas de lluvia cayendo sobre un charco de titanio líquido inaguraban el comienzo del tema, gotas que promovían una densa hipnosis demoledora. Luego la pieza comenzaba a desplegarse en la intimidad de su propio cuerpo con los movimientos enrarecidos de un insecto, un bicharraco gigante que se despereza y muestra su vientre iluminado. Ciempiés y luciérnaga a la vez pero del tamaño de una ballena. Así lo sentí. Así fue la fuerza que presentí mientras se desplegaba una y otra vez esa aleación de alas. Fui hasta la pieza a buscar mi cuaderno. Subí el volumen del equipo y empecé a canturrear una melodía arrastrada sobre el lomo del bicho alucinante creado por el cerebro musical de Skay. La cosa proseguía densa y arrastrada. De pronto descubrí que debía colocarle unos agudos para señalar la luminosidad del vientre del insecto. Rebobiné el cassette y me dispuse a probar con palabras. Me estremecí cuando de mi boca salió la frase: “En el año de la fiebre por destino del Señor”.

Fanfarrias

Lo veo a Skay más iluminado que nunca. Un torrente de destello se vacía desde su cabeza a sus pies. Siento a cada instante el eco de sus vibraciones como ramalazos de genialidad musical que confluyen en el encordado de su guitarra. Muchas veces me he preguntado en el nicho ardiente de mis desvelos si los Redonditos, si Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota hubiesen sido posibles sin el bueno de Skay Beilinson al comando de la primera ametralladora de magia de esta orquesta antibalas. Me cuesta nada imaginar un puesta sin él. Me subo al escenario miro hacia los costados y pruebo mentalmente a otros violeros, algunos quizás más dotados técnicamente (no muchos) y no logro por nada del mundo que encajen en la maquinaria decisiva que finalmente hemos compuesto. Definitivamente no hubiese sido posible construir con alguien que no fuese Skay esta catedral de contextura bizarra y a la vez de tramado heroico, que son los Redondos. Si bien mis ladridos de cancerbero y mis letras encriptadas son la marca, el sello más particular que la banda a adquirido a través del tiempo, no puedo negar, aunque quisiera, que la locomotividad expresiva del sonido que ha recreado Skay con su encordado, su brillo inigualable de Hendrix rioplatense, su carisma y su estampa irremplazable sobre el escenario conforman la otra columna donde de asienta la esfinge de Patricio rey.
Ayer – preso de una nueva urgencia creadora- invertimos un poco el sistema compositivo que veníamos empleando con éxito durante los últimos años. Sin decir agua va, le arrojé la granada picante de un texto bastante largo, una suerte de cuento fabuloso, lejano en el estilo y la concepción a los que he venido escribiendo para el Delito Americano. Quería ver que le sugería, en primera intención. Le dije, sin más, sin imponerle tiempos y sin condicionarlo bajo ningún otro cepo que el de la propia literatura, que quería la banda de sonido para esa película. Así lo denominé. Como pasaron varios ensayos sin que traiga nada, pensé que había desistido de tal operación. En ningún momento le recordé la situación creyendo que lo volvería a poner en un aprieto pero esta tarde en la sala de ensayos apareció con la cosa en sus manos. Me volví loco y una ansiedad voraz comenzó a cortajearme con su estilete de nervios. Con la forma de un cassette transparente, etiquetado con fibra negra bajo la denominación de –La velocidad del diablo. Anhelo y perdición- me entregó el encargue.
Recordaba mi texto casi de memoria y estaba seguro que no eran mías las palabras escritas con fibra negra sobre el cassette. Esta forma de darle sus propios nombres a las canciones son mensajes cifrados de Skay, delicadezas ponzoñosas que suele tener para conmigo y para con el espíritu de la banda, el eco de un diálogo poético que suele entablar no solo desde lo musical sino también que trasciende al orbe misterioso de la lírica. Así que me quedé en un rincón de la sala con los auriculares puestos escuchando una y otra vez la obrita de Skay mientras los demás chicos intentaban darle algunos toques de color a la remozada versión del Blues de la libertad. En la segunda escucha advertí la presencia de un overdriver o bien de otro instrumento pregrabado sobre la guitarra. Inmensas gotas de lluvia cayendo sobre un charco de titanio líquido inaguraban el comienzo del tema, gotas que promovían una densa hipnosis demoledora. Luego la pieza comenzaba a desplegarse en la intimidad de su propio cuerpo con los movimientos enrarecidos de un insecto, un bicharraco gigante que se despereza y muestra su vientre iluminado. Ciempiés y luciérnaga a la vez pero del tamaño de una ballena. Así lo sentí. Así fue la fuerza que presentí mientras se desplegaba una y otra vez esa aleación de alas. Fui hasta la pieza a buscar mi cuaderno. Subí el volumen del equipo y empecé a canturrear una melodía arrastrada sobre el lomo del bicho alucinante creado por el cerebro musical de Skay. La cosa proseguía densa y arrastrada. De pronto descubrí que debía colocarle unos agudos para señalar la luminosidad del vientre del insecto. Rebobiné el cassette y me dispuse a probar con palabras. Me estremecí cuando de mi boca salió la frase: “En el año de la fiebre por destino del Señor”.

Oficio de gourmet

Rocanrol- dijo Skay y sus manos se movieron en el aire igual que una batuta chamánica. El repique del tambor de Walter se mezcló con el eco de las cuerdas del bajo de Semilla y de esa conjunción partieron esos básicos movimientos de rocabilly. Después tomó un trago de fernet. Un gesto, una imagen, tatuada en mi retina desde hace años. Skay bromea con que seguimos bebiendo fernet solo para no dar por tierra con nuestra leyenda. Nada que ver con nuestro alto grado de dipsomanía- dice y ríe como un loco. Relajados entre las bondades del fernet con agua, solté la lengua y me puse a teorizar un poco ante Skay. Tenía ganas de darle una nueva visión acerca de mis ideas sobre el rocanroll. Mientras le daba toques finales en mi mente al planteo -la cosa iba a ser más o menos cierto cansancio con la forma un tanto tradicional de nuestros roquitos y cosas por el estilo- palpité que Skay podría llegar a ofenderse. Le pregunte hasta cuando pensaba él que los pibes seguirían gustando de nuestros turbios rocanroles. Skay se dio cuenta enseguida a lo que yo apuntaba.
-A mí no me preocupa tanto. Si un día se aburren de nosotros no será precisamente por llevar como bandera el estandarte del rocanrrol. Esa estructura musical tan lisa como decís vos. Después de decir esto soltó una risa convulsa ,atorada, como si hubiera querido ejercer su sentido del humor contra si mismo pero como si no lo hubiera logrado.
-No creo que sea precisamente eso los que nos envejezca- retomó. Creo que tenemos una gran bolsa de condimentos para aderezar los rockitos, ¿cuánta música venimos escuchando?, ¿cuantas variantes para el mismo plato? Somos viejos gourmet capaces de preparar cualquier salsa o no?
Me había comprendido una vez más así que ahorré mi larga perorata, un largo discurso sobre cierto hastío con el formato. Cierta advertencia que quería que tengamos en cuenta y no un lapidario comentario acerca del rock. Poli que escuchó la conversación desde la cocina mientras preparaba unos blood marys, nos dijo que los toques orientales le sientan muy bien a nuestras composiciones. Son una buena forma de vestirlos bien y no largar a las canciones en jeans y topper embarradas.