2009/05/02

Nombrar

Es más difícil darle un nombre a un pibe que a un disco. Mucho más difícil.
Desde siempre supe, Marechal dixit, que una determinada denominación influye muchísimo en el destino de una persona. Por eso el desvelo. Esta vez tengo a mi compañera para debatir acerca del título, digo de buscar el nombre de nuestro vástago.
Siempre me gusto redefinir el mundo, darle nombre nuevo a todo, resignificarlo con toda la carga propia de mi subjetividad.
No puedo evitar un transito acelerado de toda mi sangre que se manifiesta en un estado de profunda emoción. Gerónimo, dice Virginia con las manos sobre la panza como si a través de la piel podría descubrir las facciones del pibe.
No esta mal, le digo. La tarea del nombre, este bello juego actúa como un excitante que me hace caminar igual que un poseído por toda la habitación.
Le digo que Poli que ya se autodenomina tía propugna por Renzo. Renzo Solari.
Me recuesto junto a Virginia. Por mi cabeza se deslizan todos los nombres del mundo.

Medalla de honor

38 gramos de minerales en aleación- decía Rocambole mientras sopesaba en su mano derecha el flamante doblón de oro que los muchachos de la fundición acababan de sacar para mostrarnos, de una caja de madera.
Nos miraban como a tres lunáticos, Skay, el Mono Cohen y yo. Tres corsarios extraviados en la noche de los tiempos que observábamos las medallas como piezas de un verdadero y viejo tesoro recién extraído del fondo del mar.
Saludamos con cordialidad a los operarios de la fundición y mandé a buscar un par de botellas de vino para brindar.
Uno de los operarios de la fundición me explicaba de qué manera el 1 a 1 había reducido casi totalmente la exportación de piezas para maquinarias a Francia y Holanda. El pobre tipo seguro me creería con algún poder, al ser alguien famoso. Cuidaba su discurso y defendía a muerte la industria nacional y su pequeño tallercito de matricería. Lo hacía con dignidad aunque su tono no dejaba de ser lastimero. Sentí como poco a poco lo que llamo úlceras del alma comenzaban sus proceso corrosivo. Por años he intentado ser un poco menos sensible a los padeceres ajenos, tratar de que estos no trastornen mi humor, pero es imposible.
Skay descorchaba blancos y tintos con la hoja de un cuchillo, mientras yo trataba de reparar el ánimo de los muchachos firmando un cheque por el valor total de las medallas.
Rocambole les decía que seguramente el disco se iba a vender muy bien y que íbamos a necesitar más medallas muy pronto.
Uno de los líderes de la fundición mientras corroboraba y seguía atento el buen funcionamiento de los hornos nos decía que en el caso de ser así les avisemos con anterioridad para ir procurando la cantidad de cinc y de cobre necesarios para el trabajo.
Entre vino y vino la charla fue derivando en historias personales, algunas muy interesantes como la de uno de los operarios más viejos que contaba de que forma, él y la fracción de metalúrgicos a la que habían adherido confrontaron a sangre y fuego con la gente de Vandor y Lorenzo Miguel. Me interesa la épica sindical.
Hacía rato que no me encontraba cara a cara con los que se dice laburantes, me sentí conmovido.
Salvo dos o tres de los más jóvenes, creo que nadie de los restantes operarios tenía las más pálida idea de quienes éramos. Así que verlos tan consustanciados en semejante epopeya material me emocionaba. Los veía limar las medallas tratando de que no le queden ninguna imperfección, ninguna rebarba que le quite méritos a tan lograda pieza. Veía a los que estaban encargados de la numeración llevar la cuenta, anotar la continuidad de la serie en un sucio cuaderno espiralado para no equivocarse, los veía depositar los cajones cargados como si se trataran de verdaderos tesoros.
Rocambole comenzó a jugar con las medallas, colocó una en una soguita y la probaba como un arma boleandola en el aire.
Si te agarra la cabeza, te la vuela dijo uno de los operarios.
Me parece que voy a tener que cantar con casco dije y todos se rieron.
La calidez del ambiente de trabajo, un ámbito donde se entremezclaba lo artesanal y lo rígidamente industrial en dosis iguales nos tenía como imantados al lugar. En realidad lo lógico hubiese sido retirar el producto como clientes comunes pagar he irnos. Pero ahí andábamos en pleno chichoneo de cordialidad con una especie en extinción, la clase obrera.
Skay notó que el vino se estaba acabando y se empezó a calzar su sobretodo de cuero. Nos llevamos unas medallas en los bolsillos y dejamos dicho que mañana pasaría un flete a retirar las cajas.
De vuelta, en el auto, mientras recordaba el rictus sufrido de los tipos de la fundición, sobre todo los que tendrían mi edad, agradecí al taimado gurú de los destinos por otorgarme la locura necesaria para sobresalir en la sociedad con el mero producto de mis obsesiones.

El gran trip

Nunca pensé que iba a ser padre. No me veía en ese rol. Desde la adolescencia estuve convencido que era miserable y egoísta traer más gente a este mundo.
Ese pensamiento lo mantuve durante años. Me parecía injusto y descabellado poner en marcha un alma más en las travesías de este infierno.
Más cercano en el tiempo me pregunte cuán difícil sería ser el hijo del Indio Solari. Sin embargo, sorpresas de la vida, respira Bruno, la estrella reluciente de mis días.
Virginia a comprado Clarín y me muestra la tapa donde aparezco con motivo de este gran suceso.
Cosas como estas me llevan a preguntar en quién me he convertido. ¿Cuántas personas aparecen en la portada del diario de mayor tirada del país con motivo de su paternidad?
Indudablemente los que dicen que un hijo te cambia la vida tienen razón. Tal sentencia provocaba en mí un inmediato repudio, me parecía una impresión de lo más banal, hija directa de la más viscosa responsabilidad burguesa.
No pensé nunca que realmente fuera tan fuerte. Ya pasada la euforia de las primeras horas donde mi corazón subió y restalló de gozo contra las constelaciones, comienzo a descubrir mi propia metamorfosis.
Mi piel, mi viejo cuero de guerrero noctívago, se fortifica y se conmueve ante la presencia de Bruno. Siento abrirse sucesivamente una nueva vitalidad como si, fuente de su protección, me prepararía para defenderlo de las inclemencias del mundo.
Este es uno de los miles de cambios que he sufrido en estos días. Todavía los estoy estudiando. Mientras Bruno deja de extasiarme con sus breves movimientos de querube, trato de recepcionar toda esa andanada de mutaciones.
Un hijo es el gran trip. El violento derrumbe de un campo perceptivo añejado en viejas mañas que da paso a otro tan novedoso como un planeta nuevo.
Todavía las palabras no llegan a cubrir las sensaciones de estos días. Ando a tientas.

La mas negra de las oscuridades

Me queda el espectro fugaz de Skay. Su espalda huesuda dando el portazo simbólico. Me queda todo el estruendoso griterío de Poli condensándose en un posterior silencio criminal.
Nos queda esta herida, esta inesperada bifurcación de los destinos que del modo de un río al cual le cambian artificialmente su curso produce en su cauce un barro nuevo y resbaladizo que espera su propia ración de ahogados.
Fueron muchos los llamados telefónicos sin contestar y muchas las escasas palabras, los monosílabos cortantes que operaron igual que venenos intestinos sobre el final.
Percibo dos perspectivas desde el dolor, la primera pura sal en la hendidura abierta de la separación, desaparición de lo que fuimos y fuego que consume y transforma en cenizas los más imperecederos vínculos que conocí en el marco de esta vida.
Mi pesadilla actual es la fiereza seca de los últimos ojos de Skay, como si masticaran con angustia y voracidad el cemento que se aglutina en mi corazón.
El otro plano el que hace lograr que respire tiene el sello más duro del rocker, del tipo que entiende como nadie este tipo de conflictos. No hay pesadilla ni dolor solo una molestia por la pérdida de la elegancia en los últimos minutos como si se me hubiera manchado la corbata en una velada imposible.
Estos dos extremos tironean de mí cuando trato de hacer pie en la zona de equilibrio.
Sin embargo no puedo emerger de un estado de perplejidad y sentir que los Redondos ya no son.
Un zumbido de deriva me acompaña en las mañanas, una leve depresión que no crece más por el vibrar vital de Bruno.
No quisiera pensar en mi carrera solista pero me obligan. Quieran o no, el cerebro avanza. El artefacto crea un dispositivo para contener al futuro.
Me sobresalto al pensar quién será el encargado de trasmitirle oficialmente lo sucedido a Semilla, a Walter, a Sergio quien cargará con esa puta tarea.

El aguante es de los redondos

Seguí los sucesos por la tele. Con un ojo miraba el felino encrespado en que se había convertido gran parte del pueblo argentino y con el otro observaba lo increíble, lo que nunca quise ver y que sin embargo en los últimos meses tuve la impresión de que no era tan imposible, la ruptura con Skay, la disolución de los Redondos. Todavía en esos días posteriores a la suspensión del recital en Santa Fe y a la caída de De la Rúa hubo algunas posibilidades de subsanar la herida. Mi cabeza se dividía entre la sorprendente insurrección de la alicaída clase media y sus cacerolazos, y el fin de los Redondos. Una enorme energía se liberó de mí al ver los argentinos, al ver a la gente desafiar el estado de sitio. Las imágenes de la tele dejaban ver a medias quienes eran los manifestantes. Los cacerolazos eran el emblema más visible.
Pero la verdadera batalla se libraba en el frente mismo de la casa de Gobierno. Gente que bancaba una batalla cuerpo a cuerpo con los policías que se habían acordonado en torno al bunker presidencial.
En aquellos momentos no me imaginé lo que ahora Saverio, unos de los muchachos que forma parte de los servicios de seguridad del barrio, me acaba de contar. Para mí la gente que resistía en la plaza era una masa anónima, sin definición alguna en su rostro. Algunas agrupaciones de la izquierda, me decía, pero no, no tanto.
Lo que Saverio exaltado me cuenta vuelve emocionarme en estos tiempos difíciles. Se mezcla con las aguas contraépicas de la separación y me producen un quiebre difícil de sostener.
El guardia contratado no hace mucho por los vecinos de Parque Leloir para custodiar el barrio se ha convertido en uno de mis interlocutores preferidos. Un sábado a la tarde, cuando recién entraba a trabajar me encontró en la entrada y se presentó. Dijo que era un fiel seguidor de la banda. Saverio es un chapista caído en los pantanos de la desgracia menemista que no da para nada con el perfil, que al menos tengo yo, de nuestra gente.
Tendría que ver- comienza a contarme y le digo que se deje de joder y me tutee. Saverio me convida un L&M y acompaña sus palabras con el particular humo de esos cigarrillos.
-Jamás imaginé semejante aguante- Me dice. Después de las cinco de la tarde, la cosa se puso fea en serio, se escuchaban tiros por todas partes y se corría el rumor de que había varios muertos; fue en ese momento que muchos se empezaron a rajar, sobre todo los que estaban con su familia. Los únicos que se quedaron en el frente, expuestos a cualquier cosa fueron los motoqueros y los Redondos, era impresionante Indio, ver la cantidad de remeras de los Redondos que ví rugiéndole y sacudiendo piedras contra los milicos. Cuando la acosa se puso más "“vietman”, seguimos allí dándole más duro no como los del PO o la Izquierda Unida que huyeron con la excusa de discutir los pasos a seguir en esas vísperas prerevolucionarias. No, nosotros para nada nos detuvimos seguimos hostigando y hostigando entre balas y balas que nos zumbaban las orejas hasta que vino el helicóptero.
Yo hasta se momento pensaba que los pibes que me encontraba en los recitales no podían involucrarse tan a fondo con algo político. Era de locos ver la cantidad de remeras de Oktubre que vi ese día, Indio todos al frente, mezclados con los motoqueros y algunos barras bravas.

Frio de bisturí

Llegó a mis manos una revista que en su tapa anunciaba la verdad sobre la separación de los Redondos. Me resistí por varios días a leerla hasta que la curiosidad pudo más.
¿Qué pueden saber los pelotudos que escriben esta revista sobre nosotros? Me pregunté indignado una y otra vez mientras con todo el dolor del mundo me disponía a leer.
No puedo no sentirme mortificado al verme encabezando la tapa de esta bosta, mi rostro y el de Skay, al lado de un cadáver acribillado en Liniers y una vedette con tetas de goma.
Hasta que apareció este tabloide inmundo ningún medio había aproximado una conjetura demasiado elaborada acerca del porqué de nuestro final. Apenas insinuaron un malentendido entre Skay y yo o el consabido desgaste inherente a toda banda de rock. No más que eso. Pero acá se mandan con una película, una historia urdida entre las mierdas de los cerebros más bastardos.
Según los miserables las diferencia con Skay y con Poli abrían comenzado cuando supuestamente yo, molesto por la situación, les habría reclamado parte del gasto económico que insumió la construcción de Luzbola, allí comenzaría para estos miserables la tirantez creciente entre los miembros y mi enojo.
La cosa proseguiría con un episodio donde yo tendría un altercado con el Cofla Quartero, el hijo de Poli, al cual le impediría grabar en el estudio o mejor dicho le querría cobrar en dólares las horas utilizadas por su banda en el estudio.
El desenlace, lo que daría fin a la banda sería, el encontronazo con Poli. Según los miserables Poli vendría muy ofuscada a reclamarme que no dejaba grabar en paz a su hijo y yo la abría empujado. El final final sería Skay y yo a la piñas.
Se que los periodistas inventan, todos lo sabemos pero cargarnos con esta historia me produce un profundo desagrado.
Me calma un poco que ha esta revista de mierda no la lee nadie o al menos nadie del ámbito del rock. Por lo tanto creo que no va a trascender entre los chicos, entre nuestras amadas huestes ricoteras.

La peor noticia del mundo (Carta de los chicos)

Tecleo historias en lo profundo del sueño. Las mejores páginas, las más íntimamente queribles se escriben y se guardan en un lugar anfibio del cerebro, allí bajo la sombra buena de la techumbre del cráneo. Me tapo la cabeza con la frazada. La película de mis redonditos avanza. “Con el Rafa y Gerardo nos conocíamos de la primaria. Los tres proveníamos de la tambaleante clase media argentina. Por lo tanto, el famoso culo de la miseria nunca lo habíamos tocado, como dice el Indio. Después se fueron sumando Tati, el Loco Lufano y todos los que con la muerte del Doctor Eduardo se habían quedado sin banda. Dicen que el Doctor Eduardo, zarpado de pepas fue el que originó junto a los barras de Chacarita, los desmanes más grandes en Obras al aire libre. Nosotros lo conocimos pero nunca llegamos a hablar de eso. No nos caía bien, así que nuestros contactos eran los necesarios para pegarle una bolsa y chau. Nos tomábamos el palo. Los pibes del círculo del Dr. Eduardo como el Gato, Rufián, Chiche Alcorta y todos los que van a ver a Defensores también eran chicos que no la habían pasado tan mal. Debe haber sido ya transcurridos los primeros años de los noventa, cuando empezaron a pintar por todos lados los punteros de la villa. Hasta el momento todos los dealers de la ciudad eran pibes del centro. El Gato, revisionista de la drogología, me dice que desde siempre hubo merca en las villas, lo que en realidad pasaba, cuenta siempre, es que no se animaban a subir a la ciudad, que el primo de él y sus amigos desde principios de los ochenta pegaban papelitos en una de las cuevas más pantanosas de William Morris. Filete fue uno de los primeros dealers villeros que conocimos en un barcito cerca de Once, es imposible olvidar su imagen consumida por el pico yendo para el baño a encerrarse con un balde de agua, una goma, una jeringa y un terrón de merca rosa. Cola de escorpión. Todos no preguntábamos como mierda le pegaría ese uranio enriquecido directamente en la sangre. Nos bancábamos todo ese proceso, sentados en una mesa, hasta que al quía le daban ganas de vender. En ese bar que la memoria caprichosa quiere que se llame Dalí tuvimos un lindo bardo con unos chabones de Caballito. Era la época en que nosotros, Los Redondos, estábamos de culo total con los GunsRoses, por esas boludeces que uno ahora le cuesta comprender. Los tipos también venían a pegar al Dalí, yo ya los había un par de veces. Ese día, el pajero que presumía de Axl Roses con una ridícula vincha verde, se puso a bardear, a jetonear de muy mal talante. Decía cuando justo estaban pasando Motorpsico en la radio de Dalí, que los Redondos eran unos putos y que no hacían rocanrrol como los Guns. Cuando se puso demasiado pesado, el Cabra, que las esperas lo ponen un poco más que tenso, le sacudió con una jarra de chop muy pesada al marote. Se pudrió todo hasta que “El Cartero” alto puntero de faso y más o menos dueño del lugar comenzó a los cuetazos limpios. A los dos primeros tiros ya estábamos todos paralizados. El tercer disparo que nunca efectuó es el que me gusta contar una y mil veces. Desde atrás de la barra le apuntó a la cabeza a “Axelrous” mientras con la otra mano iba subiendo al palo el volumen de la radio que –era un tres por uno de la Rock and Pop- después de Motorpsico se enganchaba Vencedores Vencidos. Dicen que nunca más pintaron por el Dalí esos giles. Nosotros tampoco llegamos a hacernos muy amigos del Cartero pero siempre supimos que estuvo y estará de nuestro lado. Una vez me pareció verlo en Villa María, pero no, creo que no era. Me estoy yendo de mambo con esta historia, les había empezado a contar algo acerca de los dealers villeros. Con el paso de los duros noventa se fue haciendo casi una constante la aparición de personajes cada vez más lúmpenes con bolsas cada vez más grandes. Que el Gato opine lo que quiera pero esto en los ochenta no existía. De a poco fueron desapareciendo los dealers cools universitarios, los nenitos de mamá con berretín Scarface y los loquitos artlianos de piel macilenta que fabricaban merca con lo aprendido en las clases de química de la universidad de Lomas de Zamora. No se porqué pero los únicos punteros fieles que no descendían de las más lúgubres villas provenían de La Boca. Durante esos años- hace poco dejé de tomar- conocí a miles de puntas villeros, algunos con mala onda pero por lo general buena gente que hacía el manguito diario vendiendo un par de bolsas para sostener a su familia. Muchos terminaban en cana, había uno que nos cayó muy bien “Coquito” que cuando cayó en Olmos fuimos un par de veces a llevarle cigarrillos. Hasta ese momento, creo que salvo Gerardo que iba seguido a Oculta, acompañado por los cuervitos García Maldonado ninguno de la banda tenía onda de ir a la villa. Los esperábamos en la ciudad. O en ocasiones como dije antes lo esperábamos a Gera. Ahora vamos rumbo a la villa, el Tacuara nos invitó a su casa y ni Rafa, ni Gerardo, ni el Gato le hemos dicho que no. Gerardo quiere comprar unas botellas de wisky pero Tacuara le dice que no, que eso es hacer bandera, no se puede llegar al rancho con nada de valor en la mano asegura. Igual vamos en el bondi con unas petacas de anejo doble w. Tacuara nos dice que bajemos en una esquina que parece el desierto, un desierto de asfalto abandonado y más allá, no muy lejos, lenguas enormes de tierra hecha espeso polvillo y más allá las lucecitas de la villa. Unos pibes parados junto a un árbol que indudablemente están fumándose un faso los saludan a Tacuara. Uno con una voz que no parece no imprimirle amenaza a lo que está diciendo sino recitando códigos autóctonos, le grita que no está bien traer extraños al pago, -Guarda con quien te juntas- es lo que verdaderamente le gritan, Callate culo roto, le responde Tacuara con imponente voz nasal y todos sabemos que no era más que una joda con visos de advertencia y que Tacuara pisa fuerte en la villa. Mientras nos acercamos a las penosas viviendas de chapa empezamos a sentir como en cada una de ellas suena incesantemente, la taquicardia monótona y empalagosa de la cumbia. Es viernes a noche la gente se quiere divertir parece que pensamos todos. Por fin llegamos a lo de Tacuara, ni bien llega busca detrás de la puerta, unos envases vacíos de cerveza y nos dice que si queremos podemos ir a comprar. Juntamos unos mangos y Tacuara pega el grito, Jaqueline!!!. Una nena de doce años, su hermana sale con cinco botella en una bolso de cuerina negra. Ni bien nos sentamos a la mesa Tacuara vuelca tres cascotes para que Rafa los pique. A los primeros virulos ya estamos hasta las pelotas. Es un verdadero veneno el material que suele tener este pibe. Tacuara trae una tele de la pieza y nos ponemos a ver Independiente y Ferro . Rafa hace un largo relato sobre la muerte del Palomo Uzuriaga. ¿Quieren escuchar música? nos dice Tacuara. Alguno de nosotros debe asentir con la cabeza porque ninguno emitió, en verdad, una palabra y sin embargo Jaqueline ya ha depositado un muy lindo grabadorcito sobre la mesa. No era la rockandpop, ni la mega ni ninguna de esas putas radios, no se donde carajo la sintonizó el Rafa lo único que sé es que el muy hijo de puta que se puso a hablar después de que las fanfarrias finales de Todo un palo nos habían echo revivir, fueron las que emitieron la noticia más funesta que hemos escuchado en nuestras vidas y que jamás volveremos a escuchar, la voz decía “confirmado después de suspender las fechas en Córdoba Los Redonditos de Ricota se separaron. Seguía diciendo, mintiendo- porque hasta ese momento nadie había abierto la boca, que tanto la negra Poli y Skay por un lado como el Indio Solari por otro habían confirmado la disolución definitiva de la mítica banda. El Rafa me miró y yo lo miré a Gerardo y al Gato y todos supimos a que tipo exacto de proceso de demolición se estaba sometiendo nuestro interior. Como si nos estuvieran sorbiendo lentamente todo el jugo de nuestros corazones. Esa fue la sensación, unánime. La villa ensombrecida le daba un marco de singular espanto a nuestra nueva tristeza. Ni ganas de seguir tomando nos quedó.